Hemos analizado las últimas 10 ediciones del Giro d’Italia para entender cómo de decisivas han resultado las contrarreloj para la conquista del Trofeo Senza Fine. En 2016, por ejemplo, y dejando al margen la breve crono de apertura en Apeldoorn, se disputó la llamada ‘crono del Chianti’, de 40,5 km, y una cronoescalada en el Alpe di Siusi, de 10,8 km. El que acabó siendo vencedor final, Vincenzo Nibali, metió 1’35” a Esteban Chaves en la Toscana… para luego perder 1’30” con el colombiano en la ascensión alpina. La cronoescalada de aquel año se presumía sobre el papel decisiva para la clasificación general, pero esa edición quedó marcada por dos etapas finales rocambolescas, con la caída de la Maglia Rosa Steven Kruijswijk (brillante en ambas contrarreloj) en la bajada del Colle dell’Agnello y el vuelco de Nibali, que ganó el Giro d’Italia por apenas 52” sobre Chaves. Al final las contrarreloj no marcaron la diferencia, pero fueron el preludio a uno de los desenlaces más increíbles de la última década.
Absolutamente determinantes fueron en cambio los cronos en 2017, el año de Tom Dumoulin. En las dos cronometradas -la Foligno-Montefalco, de 39,8 km, y la decisiva entre Monza y Milán, de 29,8 km-, el neerlandés sacó 3’01” a Vincenzo Nibali y 4’17” a Nairo Quintana, que no fueron lo suficientemente fuertes para sumar en montaña todo lo que luego acabaron perdiendo. Dumoulin ganó ese Giro d’Italia con 31” sobre Quintana y 40” sobre Nibali. Al año siguiente triunfó Chris Froome, que por su parte construyó el triunfo Rosa casi íntegramente en el Colle delle Finestre y no en la contrarreloj (Trento-Rovereto, 34,2 km), donde solo recuperó 1’02” a un Simon Yates que mantuvo firmemente la Maglia Rosa hasta ese descalabro y proeza finales.