El Giro d’Italia nació en Milán, en el norte del Bel Paese. Rápidamente se lanzó hacia el sur, llegando hasta Nápoles ya en su primera edición, en 1909, antes de remontar hacia los Alpes y Turín, en los confines occidentales de la Bota. Al año siguiente, la Corsa Rosa se aventuraba hasta Udine, muy cerca de Eslovenia y Austria. Un primer paso en la “conquista del Este” emprendida por la prueba, que este año anexiona Bulgaria para la Grande Partenza más oriental de la historia del Giro en suelo europeo (la Corsa Rosa atravesó tierras y mares hasta Asia al partir desde Israel en 2018).
Desde las orillas del mar Negro, la Corsa Rosa explorará un vigesimosegundo país extranjero*, el duodécimo en acoger la Grande Partenza fuera de Italia, para redefinir las fronteras de la prueba, una constante a lo largo de su dilatada historia, de norte a sur, de oeste a este. En los años 1910 y 1920, las exploraciones alpinas propiciaron los primeros coqueteos con Francia y Suiza. El recorrido de 1919 se mantenía íntegramente en territorio italiano… aunque marcaba un avance decisivo hacia el este, con llegada a Trieste, ciudad emblemática de la expansión oriental del Giro.